
Paseo bajo los árboles volviendo del trabajo. Entonces aparecen, caminando cerca de mí, un grupo de adolescentes. Posiblemente estarán en su primer o segundo año de instituto. Hay dos niñas y tres niños. Dos de ellos van delante, desinteresados del alboroto en la parte trasera de la pandilla. El otro niño y las dos niñas ríen constantemente, se empujan, gritan. Él se hace querer. Es guapo, cubierto de pecas, alto, con ese insoportable aire rebelde que posee a algunos chavales. Ellas son clónicas. Morenas, de pelo liso, visten las mismas prendas compradas en una tarde de sábado en Bershka. Llevan tres camisetas superpuestas de distintos tamaños, azul, amarillo, verde, zapatitos de lunares, idénticas diademas, cinturones plateados gigantescos, bolsitos de plástico. Tocan suavemente al niño alto, siguen riendo. Coquetean. Una de ellas se pone delante de él, caminando con aires de diva. Gira la cabeza y agita el pelo como ha visto en la tele que hacen las chicas bonitas en la publicidad.
Entonces lo percibo. Están pasando justo a mi lado y caminan más rápido, dejando tras de sí una misteriosa estela en el aire. Un aroma inconfundible, viejo, extraño, salta del túnel del tiempo y encuentra mi nariz.
Chicle de cereza.
En las escaleras de casa el vecino del segundo es universitario y alternativo. Lleva rastas, tres o cuatro
piercings visibles, y una bandolera de tela a rayitas. Me adelanta y entonces me doy cuenta de que el chico de las rastas huele igual que mi abuelo, que mi amiga, que mi jefe, y que el hermano mayor de mi padre.
Nenuco.
Llego a casa. El aire huele a calor, a sol entrando por las ventanas, a polvo en el salón. Entonces él me recibe con una sonrisa de par en par y le beso en la boca, feliz de amarrar en mi puerto favorito.
Café italiano, del mejor.