07 junio 2009

Being Mrs Draper

Él es moreno, guapo, inteligente. Poco hablador, pero con cierta chispa. Atractivo, interesante, autoritario, paternalista, seco. Te eligió a ti, y te cuida, te protege, incluso a veces te trata como a una niña pequeña. Cuando te besa no existe el mundo más allá de su abrazo. Sabes que te quiere, aunque nunca lo diga. Y también sabes que cuando se marcha no te echa de menos, no te necesita. Al menos durante la mayor parte del tiempo.

04 junio 2009

Cien grados de conexión

Salía del trabajo en bici y la he visto sentada en un banco del campus. Tatiana, una chica de mi pueblo. Tatiana "la tetona", no Tatiana "la caracaballo". Sobra decir de dónde le viene el mote.

La he visto y no tenía muy claro por qué me sigue cayendo mal después de tanto tiempo. Si en realidad nunca hablé con ella. Es curioso como alguna gente de tu pasado sigue provocando las mismas sensaciones pasados los años...

Ahora recuerdo: me caía mal porque el año de COU salía con el chico que me gustaba a mí. Y tenían con él una relación completamente tortuosa, de esas intermitentes, en las que constantemente andaban rompiendo y volviendo. Alberto era el chico. ¿Alberto qué más? Eso no puedo recordarlo. Se sentó delante de mí durante todo el curso de 3º, pero era muy callado y un poco tímido, sólo pensaba en hacer surf y no quería saber nada de chicas. Reparé en él justo al final de curso, y siendo tan cabezota como he sido siempre, el enganche me duró casi un año. Mi amigo Nacho fue a hablar con él, a pesar de que yo no quería que lo hiciese, sin resultados, obviamente. En realidad Nacho lo que buscaba era ligar con su hermana, con la de Alberto, no con la suya propia. La hermana de Nacho se llama Patricia, y fue novia de mi mejor amigo Tato durante varios años. Ella y su mejor amiga, que también se llamaba Patricia y que a su vez salía con mi otro mejor amigo, Fernando, me odiaban. Yo no terminaba de comprender por qué, pero probablemente tenía que ver con que por aquel entonces Tato, Fernando y yo nos pasábamos todo el día juntos. Hasta que llegaron ellas, e impusieron como condición que no nos viéramos tan a menudo. El resultado fue que yo dejé de ver a mis dos amigos, al menos en público. Probablemente Patricia no sospecha que las rosas que le llevaba Tato las había cortado yo previamente de mi jardín.

La verdad es que nunca he tenido suerte con las Patricias. Ni con las Tatianas. Tatiana "la caracaballo" tampoco era de mi agrado, pero eso se debía a que ella empezó despreciándome desde el principio y sin motivos, cuando teníamos unos once años y estábamos en la misma escolanía. Después con el tiempo coincidimos en el mismo grupo de gente, y seguía despreciándome hasta el punto de ni siquiera dirigirme un saludo. Yo la odiaba por eso, y porque se había liado con mi novio, antes de que lo fuera, pero nunca se lo perdoné. Ni a ella, ni a él, ¿por qué con "la caracaballo"? Si no tiene el más mínimo interés.

No es que me importe lo más mínimo ninguna de estas historias, pero me han hecho recordar las ganas que tenía de salir de aquel pueblo. No porque me fuera mal, que siempre conseguí tener mi grupo de amigos y pasarlo bien, sino por los cien grados de conexión que tenía con cada uno de sus habitantes. En Sevilla también se conoce la gente entre sí, pero siempre hay la posibilidad de encontrar un grupo de guiris pirados que montan un cuadro flamenco en cualquier parte en un abrir y cerrar de ojos.

06 mayo 2009

Ser o no ser, es la condición

Mi maestra de yoga dice que no somos lo que pensamos, ni lo que tenemos, ni lo que sentimos, ni en qué trabajamos. Todas esas cosas forman parte de nosotros, porque nosotros elegimos que formen parte.

Así que puedo decir que estoy sevillana, química, enamorada, nerviosa, contenta, deportista, cariñosa, estresada, amiga, estilosa, insomne, nómada, pálida, musical, consumista, estudiosa. Y cuando quiera, tengo en mi mano la capacidad para cambiar cualquiera de esas cosas.

04 mayo 2009

París, París

Un francés es un hombre que camina por la calle con una baguette bajo el brazo. Comprobado estadísticamente.

La espera para subir a la Torre Eiffel es tan cansada como debe ser subir andando por las escaleras. No en vano es el monumento más visitado del mundo (o eso dicen). Pero merece la pena, al menos una vez en la vida, mirar París desde sus 200 metros de altura. El casi perfecto trazado de sus calles, que te permite pasear durante horas interminables admirando los edificios. La equilibrada mezcla de distintos tipos de arquitectura (sólo rota por la mole de la Torre Montparnasse). El vertiginoso descenso curvilíneo de las vigas metálicas que constituyen la propia torre.

La mejor vista se encuentra en la quinta planta del centro Pompidou, ese paraíso gafapasta en el que podría pasar horas y horas cada fin de semana.

Los parisinos siempre se despiden con un "Merci Madame" o "Merci Mesie", nunca con un "Merci" o un "Au revoir" a secas. Yo me esfuerzo por hacerme entender, pero casi nunca lo consigo, y estoy deseando volver a hablar el alemán, que no suena tan bonito pero cansa menos la garganta.

No entiendo por qué huele a pis tan a menudo por las calles de París. Basta alejarse un metro del centro de la calle, y cualquier cosa que se asemeje a un rincón huele a orines. Tampoco entiendo por qué en la habitación del váter nunca hay un lavabo para las manos. París huele a orines y mantequilla, y a perfumes, y a comida deliciosa.

La calle Daguerre podría ser mi lugar de residencia habitual. Aunque engordaría varios kilos al menos, sin duda e inevitablemente: en la misma calle hay dos tiendas especializadas en chocolate de buena calidad; dos puestos en los que venden, entre otras especialidades italianas, pasta rellena recién hecha; un puesto de quesos; otro de pescados y mariscos frescos; varias fruterías; al menos una tienda de especialidades francesas (foie y compañía); varias panaderías-pastelerías; incontables restaurantes de todo tipo.

En París hay mucha gente proveniente de infinidad de países. Y muchos negros, muchos más que en España. Los miro, sus cuerpos esbeltos, sus rizos indomables, sus traseros redondos y tersos, y a menudo pienso que pertenecen una raza superior, no como todos esos blanquitos de piel casi transparente a quienes podrías contar cada uno de los capilares.

Quiero aprender a hacer cruasanes, de los de verdad, y dulces, y pasta casera, y quiches, y patés. Quiero aprender sobre vinos. Recogerme el pelo, ponerme un delantal muy grande y tener una mesa repleta de gente para intentar hacer felices empezando por sus estómagos.

21 abril 2009

Hoy me he sentado junto al teléfono a imaginar cómo sería si yo estuviera cerrando esa puerta detrás de mí, dejando atrás varios años de risas, encuentros, llantos y mimos. He recreado el sonido de las llaves en la cerradura, ampliado por el eco de la estancia vacía. He deseado estar ahí, dejando el felpudo bien ordenado en su sitio y mirando atrás por última vez. En una casa siempre queda un poco de las personas que la habitaron.

Hoy me he sentado junto al teléfono a comprobar que queda un resquicio de cariño y de agradecimiento, después de los años, la distancia y los muchos sufrimientos. Me ha gustado descubrir que a pesar de todo queda una huella, un recuerdo de todo el amor entregado. No fue en vano: gracias a lo bueno y a lo malo soy hoy la persona que soy, capaz de sentir lo que siento, de vivir mi vida como la vivo. Siempre nos queda un trocito de las personas a las que quisimos, para hacernos más fuertes, más completos, más humanos.

Hoy me he sentado junto al teléfono a comprobar que a veces la vida nos sorprende con pequeñas sorpresas como ésta:

18 abril 2009

Cambio de perspectiva

La incertidumbre y el ser humano nunca han ido bien de la mano. Y creo que es verdad. Al menos, yo me reconozco en esa afirmación y en ese artículo, aunque, ya sea por suerte o por desgracia, mi caso no tiene nada que ver con la crisis económica.

Hace ya casi un año que terminé mi doctorado, y a día de hoy no he conseguido deshacerme de la sensación de estrés. El hecho de que aún no haya encontrado mi nuevo destino no ayuda. Trabajo de prisa, intentando constantemente optimizar el rendimiento por minuto trabajado. A menudo siento que por mucho que me esfuerce no es suficiente. En los momentos críticos, me siguen invadiendo la angustia y el insomnio. Me obligo a descansar los fines de semana, me autoimpongo la necesidad de ir al gimnasio tan a menudo como sea posible, de desconectar y no pensar en los cálculos, en los emails, en las solicitudes de trabajo, pero no siempre lo consigo. Esta situación se traduce en un estado de agotamiento general, de mal humor, de dificultad para relacionarme. A veces siento que estoy tan obsesionada por escribir artículos y por caerle en gracia a algún gran jefe que me eche una mano, que acabo por no prestar la suficiente atención a mis amigos, a mi familia, a mí misma. Darme cuenta de eso me provoca un descontento que no hace más que alimentar esta espiral de desasosiego, de pérdida de autoestima, de pérdida de perspectiva.

Estoy convencida de que en definitiva se trata de eso, de una pérdida de perspectiva. La mayoría de mis problemas son de índole leve. ¿Qué es lo peor que podría pasar si de aquí a septiembre no encontrara un puesto de trabajo lo suficientemente bueno? ¿Qué pasaría si cuando quiera presentarme a una plaza en alguna universidad mi currículum no fuera lo suficientemente bueno como para conseguirla? Esto es lo que pasaría: el mundo seguiría girando. Yo encontraría otro trabajo, en otra universidad, en otra ciudad, en otra rama. Seguiría dedicándome, en mayor o menor medida, de una forma u otra, en el trabajo o en mi tiempo libre, a cuestiones que me resulten interesantes. Seguiría teniendo una familia que me apoya, unos amigos estupendos con los que contar, un hombre que me quiere de forma constante, imperturbable. Tengo buena salud, tengo dinero, incluso tengo prestaciones sociales de las que echar mano si fuera necesario. Entonces, ¿por qué permitir que el cambio, incierto pero inminente, me quite el sueño?

Necesito un cambio de perspectiva. Mirar el trabajo desde arriba, la mudanza por encima del hombro, tus ojos de cerca. No preguntarme qué estaré haciendo mañana, sino disfrutar de lo que estoy haciendo hoy. Respirar el aire de la mañana de camino al trabajo. Regalarme unos minutos para leer las noticias en el periódico. Salir antes por la tarde para visitar a mi abuela. Mi ritmo de vida no va a relajarse por sí mismo, tengo que tomar las riendas y ocuparme, dejar de intentar luchar contra la corriente y aprovechar las mareas.

Empiezo hoy. Deseadme suerte.

07 abril 2009

Shopping

Aprovecho la tarde y la desconcentración para ir de compras. En las tiendas más populares encuentro tres estilos de ropa: harapito, con montones de picos por todas partes, rotos, terminaciones sin pespuntes y telas de esas de punto tan, tan fino que deja ver nítidamente hasta el corchete del sujetador que llevas puesto; estilo pilingui, con enormes escotes, lentejuelas, gasas transparentes, minifaldas imposibles... ¿quién se pone eso para ir a trabajar?; estilo step into my office, que tampoco me sirve porque no uso gafas de secretaria cachonda ni zapatos de tacón de aguja. Si encuentro alguna prenda más o menos apropiada, entonces resulta que no hay tallas y no me caben las tetas. Vuelvo a casa sintiéndome una vaca gorda, y sólo hay una conclusión posible: mecagoenamancioortega.

A veces me siento triste. Por ejemplo, si me atacan las hormonas, el levante, la alergia, el desorden, el insomnio, el estrés y la incertidumbre, todo a la vez. Entonces recuerdo otras épocas, pienso en otras personas y me deniego el derecho a estar triste, me avergüenzo de mí misma y decido no reconocer jamás de los jamases en público que me siento triste, me sirvo un gin tonic, enciendo el ordenador y miro alguna serie de televisión hasta que me quedo dormida en el sofá.

Necesito vacaciones, un descanso, desconectar. Parar de trabajar, de pensar, de preguntarme, de preguntar, de imaginar. Dormir, leer, pasear, abrazar, sonreír y achinar los ojos bajo el sol, es todo lo que quiero hacer durante los próximos días.